julio 27, 2008

Gestando tiempo


Ahora podría dedicarme a renacer después de haber contemplado de cerca una muerte tan trágica como la de una margarita deshojada por el enamorado que nunca logró amar.

Ahora podría contar las horas con segundos de agua y clepsidras, ahora podría saber que el tiempo es sólo miedo y pausa eterna que rectifica la estúpida vaguedad de todo lo que dice existir.

Puedo decir, de todas formas, que el naufragio algunas veces deja de ser tan próximo.

A veces se parece a los oasis marinos de agua dulce que confirman la existencia, y entonces siempre termina sobreviviendo una flor que puede mostrar tierra firme.

Siempre el corcoveo del tiempo sigue siendo indispensable para que la piel nazca y muera eternamente en el paraíso que, a pesar de la realidad del dolor y de los ríos del silencio, se sigue construyendo con pequeños ladrillos azules de mar.

La puerta sigue cerrada y la tierra que huele a muerto se sostiene, hermética, en el mismo punto a pesar de girar, pero el olor del mar puede llamar, puede hacer creer:

El olor de lo que no se toca, de eso que sólo se puede conocer creyendo, aprendiendo a creer, aunque la duda florezca y el aire se vuelva cada día un poco más irrespirable y más nocivo.

1 comentario:

Ashbless dijo...

No hay túnel que dure cien años, mi vida.

Mirá cómo se arruga la tiniebla, la procesión de pálidas,
se desbarranca, los funcionarios inauguran ruinas.

Y vos y yo fundamos aires buenos.

Dónde estará la plata de mi río, sólo barro y olitas de minué.

En los camalotes cantan las sirenas,
pero Ulises camionero no las oye, sólo escucha la radio.

Llueve liquen en los decrépitos televisores,
buenas noches a todos, mariposas y difuntos.

Transmiten en cadena las cadenas.

El cemento se cansa de ser cobija de la pampa.

Por los baches asoma la luz mala, resucitan cardos y maíces,
abran paso a las luciérnagas curiosas que verán.


Viento Sur, olor a transparencia, silbo de la calandria,
madrecita cantora del primer rayo de la aurora.

La sopa de los pobres llega al centro, y su vapor al reino de los cielos.


Ventolina que barre tormentas, lavadero del alma, nos deja serenitos,
reciclando la pena en vasto amor.


Silbo de la calandria, y vidalita de esperanza.

Darle cuerda al amanecer, empujar un poco al sol,
al buen día meterlo en casa.

Silba la calandria y nos sorprende en vela,
a muchados, con ganas de seguir.


Estación claridad, vamos llegando.


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Me ha gustado tu texto. Me ha recordado un poema de María Elena Walsh, Viento Sur.

Un saludo