julio 18, 2008

Atractor Extraño


Anoche estaba en una calle ancha, parada sobre una superficie desagarradoramente lisa, a las 3 y algo de la mañana.

Salí por un impulso.

Justo cuando me encontraba mirando hacia el oeste o el este (no estoy segura, pero en cualquier caso no era ni el norte ni el sur), empecé a sentir cerca la respiración de un hombre, alto, a quien, más adelante, identificaría con una camisa café y un par de zapatos descuidados.

Me dí cuenta que era alto por la sombra que veía delante mío cuando se aproximaba hacia mi espalda.

No tuve el valor de voltear para mirarlo.

Realmente estaba esperando el momento en que su voz inundara mi oído o su mano hiciera contacto con mi brazo.

Cerré los ojos por un instante y me suspendí por algunos segundos, mientras sentía cómo mis pies actuaban por sí mismos y se desplazaban unos pocos centímetros hacia la derecha (o la izquierda? o el norte? o el sur?).

Lo ví, en consecuencia, parado frente a mí, mientras mantenía los ojos cerrados y el silencio desaparecía de la fina línea que nos separaba.

Me habló durante algunos segundos sobre situaciones que me negaba a analizar, hasta que su aterrorizante grito me abrió los ojos de un golpe y me hizo mirarlo sin posibilidad de escapar.

Entonces, sentí cómo su voz dulce me abrazaba. Producía tanto temor en mis venas y en mi sangre que huirle empezaba a dejar de ser preciso.
Y no, no estaba ebria.

2 comentarios:

Kenneth Moreno May dijo...

hermoso texto señorita adrianne, cada vez escribe usted mejor.....

un beso

Anónimo dijo...

el temor por el roce de palabras y emociones, tus textos siempre resultan mis profundos...